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A veces se ha comparado el sacramento de la confesión católica a la sesión analítica, casi como si se tratase de un precedente. O al revés: el análisis, una confesión laica.
Habría que recordar que el psicoanálisis fue, en su origen, un invento acotado a la comunidad judía de la Viena de fines del siglo XIX. Y el judaísmo carece de la escenificación que mantiene la confesión católica. La confesión judía (Vidui) es una oración que se hace en voz alta y se dirige a Dios.
La confesión católica se parece más a un interrogatorio, ejercido por una autoridad (el sacerdote) a un presunto culpable, obligado a contar sus pecados. El sacerdote no escucha, pregunta. No hay la famosa atención flotante sino un chequeo prestablecido de conductas y pensamientos. El sacerdote sabe.
También el/la médico sabe. El sistema sanitario sabe y por esto apenas te preguntan. Triaje, analítica, cita, ecografía… los datos que informan del perfil en que encajas.
El/la médico sabe, avalado por la tecnología y el Vademecum.
Pero el/la psicoanalista no sabe, por mucho que el paciente acuda a su consulta atribuyéndole un Supuesto Saber sobre sus conflictos, traumas y síntomas. El/la psicoanalista indaga, recorta el discurso del paciente, propone alguna conexión entre unos determinados significantes.
El/la psicoanalista escucha. Freud la llamaba «atención flotante», no importa. Y es que no tiene más: ninguna tecnología que pueda acudir en su ayuda. Solo trabaja con palabras y silencios.
La vida moderna, saturada de estímulos, no favorece la escucha, encerrados como estamos en una cápsula autista digital. Porque la escucha implica disponibilidad y pausas. Tiempo.
Byung-Chul Han, en La sociedad del cansacio: «En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, a parte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche.»
¿Y no empieza a cumplir esta función la IA, el ChatGPT disponible 24/7?
En el otro extremo, se extienden iniciativas que suelen tener sexo femenino y etnia negra, basadas en un principio parecido. Más terapéutico y urgente, mucho más primitivo, pero igualmente reparador. Recuperar el valor de la escucha como elemento necesario de la comunidad. Escuchar sana.
Algunos ejemplos: un grupo de la Comisión de la Verdad colombiana, casa Bibi en Madrid para combatir la soledad de mujeres mayores africanas, SouDou para acompañar a mujeres subsaharianas en Catalunya, la Comisión de Gambia que escucha los horrores sufridos por mujeres…
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