Para Lacan, el lenguaje nos habla. Está en todas partes y en ninguna. Es de todos y no es de nadie. Vivimos dentro del lenguaje, fuera del que no existe nada que sea humano. Lo que conocemos está mediatizado por el lenguaje, que es el productor de nuestras vidas a las que aporta la ilusión de sentido.
El lenguaje irrumpió en un Big Bang (Alfredo Eidelsztein dixit) para crear una dimensión que no ha conocido el reino animal y por esto vive dentro de la Naturaleza, organizado por los instintos que lo conectan con ella sin intermediario.
El lenguaje (Chomsky dixit) puede desplegarse de forma casi ilimitada gracias al principio de recursividad (los elementos pueden anidarse) y de infinitud discreta (un repertorio de pocos elementos puede recombinarse infinitamente) para crear nuevas soluciones. Seguramente bastantes de las frases que digas hoy no hayan sido dichas nunca antes por nadie.
Esta aparente eterna juventud del lenguaje disimula un efecto castrador, desvitalizante. Lo que nos da por una parte, nos lo quita por otra: el lenguaje mata la cosa. Vampiriza la realidad, congelando cuanto nombra: poner palabras implica atrapar las cosas (fugaces, cambiantes, singulares) para convertirlas en signos compartidos por la comunidad.
Creamos sin parar nuevas frases pero no inventamos nuevas palabras. Ni nuevos fonemas, ni ningún nuevo elemento del repertorio que maneja una lengua.
¿Qué pasaría si me invento una, dos, tres… palabras que difieran de las convencionales? Si le digo «carpanta» al avión…
Antaviana (espectáculo teatral de Dagoll Dagom basado en cuentos de Pere Calders) escenifica esta posibilidad para confrontarnos con la experiencia mítica que atraviesa la poesía y a veces produce el Sujeto del Inconsciente cuando se equivoca. Inventarse una palabra y enamorarse de ella. Obviar su carácter funcional y pragmático para vivir una magia, perdida para siempre.
Traducido al castellano:
VOZ EN «OFF».- Una vez, un niño llamado Abel, se inventó una palabra nueva…
ABEL.- Antaviana. An-ta-vi-a-na…
VOZ EN «OFF».- ¡Abel se enamoró de aquella palabra tan suya y, de momento, se la guardó como un secreto.
ABEL.- Antaviana. Antaviana! Antaviana…
MADRE.- ¿Qué dices?
ABEL.- Nada, nada: es la lección de geografía.
VOZ EN «OFF».- De hecho, su palabra tenía realmente una dignidad geográfica.
ABEL.- ¿Antaviana?
VOZ EN «OFF».- Sí, sí. Podría ser el nombre de un continente lejano, algo perdido y mal explorado, con indios y plantas carnívoras. Si descubrías uno parecido, enfocándolo con los prismáticos desde el puente de una nave, podrías bautizarlo sin pensarlo. Ya te veo dibujando el mapa, humedeciendo el lápiz con la punta de la lengua y haciendo el contorno de todos los accidentes de la costa. Lo pintarías de color naranja y después, mirando mucho, trazarías las letras en forma de arco, espaciándolas bien para que no taparan ningún río.
ABEL.- An-ta-vi-a-na.
VOZ EN «OFF».- Aquella bata le gustaba mucho. También podría llamarse Antaviana. Pero una bata no suele tener un nombre para sí sola, como la espada del Rey Artur o el caballo del Cid.
MADRE.- No despistes más, Abel. Hoy te pondrán un cero. Este novio no hará nada bueno… Yo, a tu edad, ya dividía por cuatro cifras.
VOZ EN «OFF».- ¡He aquí! He aquí que su palabra podía servir para las calificaciones, no las malas, naturalmente, sino para las notas más altas. Algo que quisiera decir más que notable o más que excelente.
ABEL.- ¡Hoy he tenido antaviana de gramática!
VOZ EN «OFF».- ¿Y si la ofrecieras al Gobierno? Sería una acción seria y trascendente, llena de civismo. El Gobierno siempre debe ir escaso de nombres, con tantas cosas como tiene para etiquetar.
MADRE.- Despiértate, Abel. Hoy se te ha enganchado la almohada en las orejas.
ABEL.- ¡No, madre, no! ¡Es que me fijo mucho! Conociendo el perímetro, debo encontrar el área de la circunferencia…
VOZ EN «OFF».- ¿Y si se tratara de una palabra mágica? Podía haberle llegado por revelación. ¡Se han dado tantos casos!
ABEL.- ¡En nombre del poder que me puedes dar, Antaviana, te conjuro a hacerme aprender de memoria, desde ahora, toda la geometría! ¡El grado superior y todo! Antaviana!
MADRE.- ¿Qué pasa, Abel? Ya habrás hecho un disparate…
ABEL.- Nada, nada. Me ha caído un poco de chocolate en los manteles.
MADRE.- ¡Parece una maldición! Siempre que viertas algo, debe ser sobre los manteles limpios! Es que no paras nunca, de un día a otro. Parece mentira la poca consideración que me tenéis todos… En esta casa nadie me quiere…
ABEL.- ¡Antaviana, Antaviana! Vuelve la mancha dentro de la taza y que no haya pasado nada. Vuelve la madre a la cocina, tranquila, y sácale de la cabeza que no le quiero. Antaviana, Antaviana, Antaviana! ¡Preséntate, Antaviana! Antaviana, ¡sale de la lámpara o de la botella! ¡Por el poder que tengo sobre ti, Antaviana, acude enseguida!
MADRE.- Pero, Abel, ¿qué te pasa hoy? Venga, desayuna, que ya te he traído otra taza. Y ahora no te distraigas, que harás tarde, y el maestro se hace viejo. ¿Por qué tienes la cabeza tan vacía, eh? ¿Cuándo te acostumbrarás a pensar un poco?
ABEL.- Antaviana…
VOZ EN «OFF».- Realmente, había hecho un hallazgo precioso. En cuanto llegara a la escuela, propondría a Ernest, su mejor amigo, cambiar Antaviana por su peonza nueva. La peonza de Ernest, con punta de acero y un cordel de fibra vegetal muy resistente, le tenía el corazón robado.
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