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Vas a la consulta, el/la médico te pregunta qué tienes, y a partir de aquí empieza a teclear con la vista en la pantalla de su ordenador. Rara vez te pregunta por tu trabajo o tu familia, menos por los sentimientos que acompañan a la molestia. A lo mejor ni siquiera sabe cómo te llamas o si eres mamá o hija. Previsiblemente, te derivará a una serie de pruebas y en la recepción te asignarán la próxima cita.
No eres un/a individuo sino una serie de datos que encajarán con una base donde se listan los diagnósticos, las enfermedades y los síntomas.
El/la médico sabe. O mejor: está investid@ con el Saber médico y su aparataje tecnológico que lo soporta y no deja de aumentar y sofisticarse, cada vez más preciso. El/la médico no te mira ni casi pregunta porque sabe. Antes de que entres en su consulta, sabe de ti porque eres un caso, un conjunto de datos y variables documentados en miles y miles de casos anteriores.
Una leyenda urbana cuenta que un cirujano de gran prestigio estuvo encerrado en quirófano horas y horas operando a una paciente de alto riesgo. Al acabar, salió sudoroso pero satisfecho. «¿Cómo ha ido, doctor?» le pregunta la familia. «La operación, una maravilla. Lástima, porque la paciente no ha respondido».
La Ciencia, así en mayúscula, se ha convertido en un saber que desde el siglo XVII arrincona a la Religión. Hasta entonces, la Religión sabía: organizaba el calendario, instruía sobre sexualidad, legislaba la moralidad, atendía el ocio, incluso orientaba la dietética, además de monopolizar la Educación. Y este saber era avalado por Dios, la Verdad revelada.
Al ir absorbiendo el saber que sostiene a la comunidad, la Ciencia se ha desentendido de la Verdad, huérfana ahora de Dios. Tenemos mucho saber, cada vez más, al tiempo que nos quedamos sin Verdad: no hay Dios que sostenga a la Ciencia.
Se supone que el psicoanálisis se ocupa de esta Verdad, rastreable en el Inconsciente. Aquello que ni el propio individuo conoce porque ha sido reprimido o se ha perdido en los desfiladeros del lenguaje.
La figura del médico evoluciona a medida que crece el Saber de la Ciencia y ahora se acelera con la IA. ¿Para qué acudir (online o presencialmente) a una consulta cuando un robot puede atendernos, tramitar las pruebas, adelantar un diagnóstico y servirlo al profesional médico que finalmente tomará una decisión? Lo hará con una mejor atención personal a los pacientes del que muestran muchos médicos, sobrepasados por la saturación y la burocracia?
Sí, lo mismo que consultamos más a Google o ChatGPT que al médico, en poco tiempo la IA sustituirá el proceso de negociación o interacción entre paciente y sistema sanitario. Esto ya se da en el mercado informático: la IA supera a los humanos a la hora de revisar y bucear en el código.
El robot sanitario, además, tiene otra ventaja: se interesará por nuestro caso, nos preguntará sin prisas y contestará nuestras dudas para aplacar nuestra ansiedad.
Y sentiremos que de verdad le importamos.
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